Reseñas
Reseña de ‘Colmillos’ de Yorgos Lanthimos

El anhelo de ser padres, de tener descendencia, es prácticamente inherente en el ser humano. Nacimos con ese deseo primitivo, que además ha sido alimentado con el adoctrinamiento de la religión. Siendo este paso tan natural en la vida de las personas, pocas veces escuchamos de alguien que realmente se cuestione si tiene la capacidad mental y emocional para hacerse cargo de un ser humano “nuevo”, ya que no es algo menor: estaríamos encargados de sus conocimientos, su crecimiento, su visión del mundo. Y “llenar” la cabeza de una persona que además confía ciegamente en ti y tus enseñanzas puede pasar de ser una experiencia tierna a una completamente terrorífica.
Colmillos (Kynodontas en su idioma original) es la segunda película del cineasta griego Yorgos Lanthimos, y fue estrenada en el 2009. Nos cuenta de la vida de una familia conformada por los dos padres y sus hijos, que son adultos jóvenes. Todos ellos viven en una casa blanca y limpia, que cuenta con piscina y un gran jardín. El padre (Christos Stergioglou) sale a trabajar todos los días, su esposa (Michele Valley) es ama de casa. La particularidad de esta familia es que los hijos, dos mujeres y un varón (Aggeliki Papoulia, Mary Tsoni y Christos Passalis), no salen nunca del hogar. Han vivido ahí encerrados desde siempre, y conocen sólo lo que sus padres les han enseñado y lo poco que han observado entre esas paredes, y eso les ha otorgado personalidades inocentes y dulces, pero también sofocadas y temerosas. En esta peculiar rutina en la que viven también interviene Christina (Anna Kalaitzidou), quien es compañera de trabajo del padre y ocasionalmente visita esta casa para proveer servicios, aunque también va descubriendo que la manipulación de estos chicos puede jugar a su favor.
Por supuesto, lo primero que nos viene a la mente al leer la sinopsis es El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1972), pero relacionarla con este trabajo sería un error, ya que lo que Lanthimos muestra en esta película va más allá de la irracionalidad del encierro de una familia: Toma un camino más oscuro, más primitivo, basa al hombre en su instinto animal. Colmillos toma su nombre también para representar el sometimiento del espíritu humano, que a simple vista parecería imposible de intentar (todos creemos en nuestro poder de decisión y el libre albedrío), pero que al analizarse bajo la perturbadora visión que aquí nos ofrecen, asusta lo factible que podría ser.

Yorgos platica que creó su argumento al observar la sobreprotección con la que sus amigos cuidaban a sus hijos, y lo mal que se tomaban los comentarios cuando alguien decía algo al respecto. Construyó entonces en su película a una familia que vista de lejos puede verse idílica, pero que si entramos en sus secretos y los despojamos de apariencias nos llevaremos la sorpresa más desagradable. Viven entre blancos inmaculados (literalmente), y lo podrido del panorama no está en la vestimenta ni en la casa, está en el par de personas que construyó una “normalidad” aberrante. La carencia de malicia que otorga naturalmente el exterior tiene a estos jóvenes calmados pero atemorizados e ignorantes, al grado de no reconocer palabras tan comunes como ‘zombie’. Y a pesar de su ciego amor familiar, también hay una palpable desesperación (que se acentúa magistralmente en una escena de baile), de la cual no se habla porque la única autoridad que conocen inmediatamente reprime cualquier intención.

Colmillos es domesticación. El espíritu, la lealtad, el amor, la personalidad: todo se compromete si lo damos sin racionalizar, y eso es lo que vuelve a esta película una historia de terror: No siempre conocemos verdaderamente a quienes nos estamos entregando, y entonces podríamos convertirnos en sus títeres, mascotas, o juguetes. Y ninguna de estas opciones es mejor que la otra.

Avance de ‘Colmillos’




