Futbol y Poesía
¿Por qué odio al Puebla de la franja?

Entusiasmo significa ´efecto de tener un dios dentro de sí’ en griego. Es lo que sentimos cuando estamos en presencia de un gran poema, cuando la música de algún modo nos desarregla los sentidos o cuando nuestro equipo anota un gol in extremis. Entusiasmo es algo que quienes tenemos alguna simpatía por el Puebla de la franja hemos perdido paulatinamente después de tantos tropiezos, torpezas directivas y ya dos décadas de constante desengaño. Con todo, de manera puntual, cada temporada renovamos la esperanza. Pero no es suficiente porque, como dijo el monje budista Mansei hace más de mil años: sólo sufre el que se ilusiona.
No lo recuerdo perfectamente. Es quizá 1992. El pasto del Cuauhtémoc está crecido y quemado. Juega la franja contra Leones Negros. Después de varias jornadas de persecución y castigo, el Puebla regresa a su cancha. El resultado y la calidad del partido pasan a segundo término. Un cero a cero seguramente infumable. La alegría, el gran acontecimiento, estaba en volver a ver a nuestro equipo, al Campeonísimo de vuelta entre su gente. No lo supe entonces, pero el entusiasmo que sentí cuando entrábamos por una de las puertas de Sol Sur y vimos lo que quedaba del césped no lo volví a experimentar jamás. Quizá ese día pueda marcarse como el final de un tiempo épico, el principio del desasosiego en el que nos encontramos. Miles de aficionados al Puebla compartimos una falta de fe que el poeta húngaro Sandor Csoori explica perfectamente cuando afirma que la desesperanza es una autodefensa.
¿Defendernos de qué? Esencialmente de sufrir. De habernos ido al descenso dos veces, de vivir temporadas infames, mediocres hasta el colmo de la medianía, del cambio de directivas (ineptas las salientes, ineptas las entrantes), de los rumores de contratos dobles, de las amenazas pistola en mano, de la prepotencia –quizá la corrupción– de Hugo Fernández en su momento, de la venta apresurada de jugadores de calidad, de un error tras otro en una cadena de estupideces administrativas que parece que no termina jamás. Y no es justo. Un club de fútbol no sólo es propiedad de sus dueños, es parte del imaginario, en este caso de una ciudad. El equipo, de alguna manera y para seguir el lugar común, es de todos. Por eso, las directivas de estos veinte años de fracasos deberían, si estuviéramos en otro tiempo, ser ajusticiadas en el árbol más alto del cerro de Los Fuertes. Han defraudado una vez sí y otra también la confianza y el bolsillo de quienes alguna vez creímos en este equipo.
Como aficionados estamos cansados de vivales y pigmeos, de directivos tan grotescos como personajes de nuestro sistema político o de una novela de Martín Luis Guzmán. No están a la altura de la historia del club ni de lo que recordamos como los días de gloria.
Porque en verdad hubo días de gloria y de mito. ¿Cómo no recordar aquella semifinal contra Nexaca en que Poblete anotó tres goles y tras la expulsión de Larios cubrió también el arco? (Ver primer vídeo más abajo) ¿Cómo pasar por alto el día en que Jorge “El Mortero” Aravena, de cañón temible, rompió una red o cómo enterrar la idea de que él ha sido quizá el mejor jugador en la historia del club? (Ver segundo video) ¿Cómo no recordar aquel tiro libre perfecto de Milton Antunez Zico un miércoles por la noche contra el Guadalajara o ese festejo atípico en que tres brasileños se tomaban de la mano, corrían y se tiraban de maroma? ¿Serían José Carlos Jelinski, Renato Porto y Paulo César Chávez? Hubo buenos momentos, hubo goles de Amarildo Soarez y de Carlos Muñoz con ese uniforme monstruoso que hoy casi recordamos con nostalgia y con cariño. (Ver tercer video). Hubo tardes gloriosas, recordadas casi como un mito, fueron las tardes de aquel portero uruguayo, Gerardo Rabajda y el juego memorable de un portero debutante e imbatido contra América, Ignacio Sánchez Barrera. Y sin embargo, odio al Puebla porque se despeñó, jugó basura año tras año, perdió la franquicia y compró el ascenso del Curtidores. Ahí perdió la dignidad. El Puebla que vemos hoy no es el Puebla de la gloria sino del hurto.
Cuando me preguntan respondo sin exagerar. E mejor equipo que he visto fue aquel Puebla Campeonísimo: Pablo Larios y sus salidas estrambóticas, su manera de escupir el balón; Arturo Torres, El Mango Orozco, Edgardo Fuentes, Roberto Ruiz Esparza. Era el Puebla de un Chepo de la Torre que volaba, del ir y venir del caballo Cossío, de las bombardas de Marcelino Bernal. Era el Puebla del mito y la hazaña.
Queda poco de aquello. Nos queda la sombra. Es entonces que recuerdo los versos de aquel poeta latino, Catulo, de tiempos de Julio César: “odio y amo. Tal vez me pregunten por qué. / No lo sé, sólo sé que lo siento y que sufro”.
Puebla 3 vs Necaxa 2 semifinal de ida 1991-92
Gol de Jorge Aravena vs América
1996 – Puebla vs Tecos



Ivan Nava
2013-02-02 en 12:09 PM
Muy bien, pero este no es el Puebla comprado a Curtidores, este puebla era la filial y subió ante dorados en un episodio más de las cosas “raras” de nuestro futbol. Se dice que el técnico de dorados paró mal a su equipo y que debutó novatos en una final, poco después ese técnico era presentado como director deportivo del Puebla, su nombre: Hugo Fernández.