Tristeza y Alegría en la Vida de las Jirafas

Las jirafas son seres muy peculiares. Más allá de su imponente y particular estatura, que puede alcanzar hasta casi seis metros y les permite comer de los árboles más altos, hacen ciertas cosas que son llamativas por sí solas: Pelean utilizando sus cuellos para entrelazarlos; pasan la mayor parte de su existencia comiendo (debido a su lentitud en el masticar); y, cuando están estresadas, suelen masticar corteza de las ramas. Comportamientos que son extraños e interesantes, y, sin embargo, no carecen de lógica. Así, más o menos como los que tenemos los humanos.

Tristeza y alegría en la vida de las jirafas, la película del cineasta portugués Tiago Guedes, va un poco de esto: Las acciones que nos reconocen como seres que sienten, actúan y se transforman conforme aprenden del pasar del tiempo.

La historia, basada en la obra de teatro con el mismo nombre, tiene como protagonista a “Jirafa”, una niña de diez años que lleva ese apodo gracias a su estatura, quien además posee un rico vocabulario por su afición a leer el diccionario, y tiene como compinche imaginario a un muy grosero oso de peluche, que tiene dentro a un hombre en sus cuarentas (Tónan Quito), a quien nombró Judy Garland (haciendo un pequeño guiño al Mago de Oz). Jirafa vive con su padre (Miguel Borges), un actor obsesionado con el dramaturgo ruso Anton Chéjov y que se enfrenta a una crisis económica, quien al inicio del filme le da malas noticias a nuestra protagonista: la televisión se ha descompuesto y no tienen sistema de cable, así que a Jirafa le será imposible ver Discovery Channel. Es así como nuestra protagonista saldrá a la calle en busca no sólo de una aventura, también de un remedio para los problemas financieros que la aquejan, sabiendo que necesita conseguir específicamente €53,507 (inflación incluida), para poder pagar Discovery Channel durante los cien años que pretende vivir.

Tristeza y alegría en la vida de las jirafas es un coming-of-age enternecedor y original, que nos muestra a una niña que va perdiendo la inocencia en cada paso que da. Mientras Jirafa graba en el teléfono sus andares y juega a las adivinanzas con Judy Garland, nos muestra su pesar por una madre ausente, su preocupación por el futuro y su angustia por la situación de su padre. Todo esto sucede con una adorablemente agridulce musicalización de fondo, creada por Manuel Cruz, que va desde los tonos más alegres a los más nostálgicos, y unos colores vivos que encantan el ojo de su audiencia, cortesía del cinematógrafo Joao Lanca Morais.

Jirafa irá aprendiendo, casi sin quererlo, que los bancos mienten, que hay que desconfiar de la policía, que los pensionados la pasan mal y que los hijos son malagradecidos; serán personajes variopintos los encargados de aleccionarla a través de conversaciones y monólogos, tan ciertos y descorazonadores como dulces y amables.

Exhibida en festivales como el de Lisboa, Sao Paulo y Guadalajara, Tristeza y alegría en la vida de las jirafas nos regala una moraleja que sirve para todos, no importa si tenemos diez años, como Jirafa, o cien, como los que pretende vivir: Aprender de la vida duele, porque una parte de nosotros se endurece y se curte en el proceso. Sin embargo, es justo es en esos momentos en los que no debemos olvidar que tenemos a nuestros seres queridos y a nuestra inacabable imaginación, para intentar siempre observar el vaso medio lleno.

Avance de Tristeza y Alegría en la Vida de las Jirafas

Ale Vega
Intenseo con las cosas que me gustan y el cine es de las que más, así nacieron mis ganas de escribir acerca de buenas películas.