Reseña de Verano 1993

Es una finca idílica en Girona. El calor se hace visible con cada sombra, la brisa se nota ligera. Hay shorts, camisetas y trajes de baño. Afuera, en un patio que parece interminable, observamos gallinas cacareando, un huerto muy surtido, un almacén de herramientas y cachivaches, y una pequeña figura de la virgen cargando una cruz.

Este es el escenario, hermoso, silencioso y soleado, en el que nos sumerge la directora barcelonesa Carla Simón, en su ópera prima llamada Verano 1993. Nos cuenta la historia de Frida (Laia Artigas), una niña de 6 años que recientemente, debido a una tragedia, se ha mudado a vivir a casa de sus tíos (interpretados por Bruna Cusí y David Verdaguer), quienes viven en el campo y son padres de una pequeña de 3 años llamada Anna (Paula Robles). Observamos inmediatamente que la pobre Frida se siente fuera de lugar en ese entorno, pero hay cierto consuelo al ver que encuentra en Anna a una hermana menor con la cual disfruta de compartir secretos y jugar.

Los días transcurren en aparente tranquilidad, pero Frida va descubriendo, al escuchar las pláticas de los adultos de la casa (incluyendo visitas de tíos y abuelos), qué fue lo que sucedió con sus padres, y qué pasará con ella en adelante. Entre días buenos, en los que Frida siente el amor y cuidados de sus tíos, y días malos, donde envidia la vida de Anna e incluso trata inconscientemente de usurparla, fluye ese verano inolvidable que le relatará a sus espectadores cómo es intentar aceptar lo inevitable y crecer a partir de ello.

Verano 1993 es un retrato de la vida de su directora. Carla Simón quería realizar una película acerca de su madre, pero debido a la dificultad al tratar de rememorar adecuadamente esos tiempos, sus recuerdos fueron llevándola hacia lo que sucedió después, cuando tuvo que cambiar de ciudad y de normalidad. Decide entonces hacer un largometraje en la que vemos que la vida cotidiana, con sus tareas sencillas, afectan a una niña a la que le es inevitable resentir intensamente cualquier regaño, porque todo el tiempo desea sentirse querida y aceptada. Frida no sabe bien cómo expresarse, pero en sus pequeñas acciones leemos su interés, sus avances y sus intentos de redención después de las travesuras o los berrinches. Ella no para de observar, ya sean árboles, animales o familiares, y busca en esa contemplación las respuestas de preguntas que no sabía que tenía; y entre caminos irregulares, paisajes verdes y lagunas hondas, los juegos se convierten en peligros y aprendizajes necesarios.

Premiada en la Berlinale, El Festival de Málaga, el BAFICI y los Goya (por mencionar sólo algunos), la película sorprende por su enternecedora sinceridad. Las actrices que interpretan a Frida y Anna son tan naturales que nos hacen olvidar por completo que es ficción. Los tíos de la protagonista son personas comunes, pero siempre se siente en sus personajes el cariño que profesan por esta repentinamente compuesta familia, sin necesidad de ponerlo en diálogos. Y es esta, de hecho, la magia de Verano 1993: que no se necesitan demasiadas palabras para empatizar con su historia y comprenderla. Al contrario, es un gran ejemplo de que el amor y la unión se miden mejor en cuidados, risas y las más honestas lágrimas.

Avance de Verano 1993

Ale Vega
Intenseo con las cosas que me gustan y el cine es de las que más, así nacieron mis ganas de escribir acerca de buenas películas.