Reseña de ‘Pienso en el final’ de Charlie Kaufman

Todo lo que nos es desconocido nos genera, de forma automática, miedo. Por instinto, todo lo que juega con nuestras certezas y lo que nos hace dudar de ellas nos causa presión y nos pone ansiosos, nos cuesta trabajo digerirlo o comprenderlo. Por supuesto que es una manera natural de reaccionar: No estamos listos (muchas veces, ni siquiera queremos estarlo) para que nos muevan el piso, así que cuando encontramos algo que lo hace, aunque tenga las mejores intenciones, probablemente nos generará malestar y preocupación.

En el caso del cine, qué poco frecuente y cuán valioso es encontrar películas que busquen que su audiencia tenga más preguntas que respuestas. Bienvenidas sean las propuestas que nos envuelven en su historia para lograrlo: Bienvenida, I’m thinking of ending things (Pienso en el final). La nueva cinta del cineasta neoyorquino Charlie Kaufman es un viaje onírico inclinado hacia lo pesadillesco, que goza al retorcer constantemente el entendimiento de la gente dispuesta a entregarle su atención y concentración. Simplificando su intrincada premisa con el fin de poder plasmarla, diremos que trata de Jake (Jesse Plemons), un joven que invita a su novia (Jessie Buckley) a conocer a sus padres (Toni Collette y David Thewlis) a la granja que estos poseen. Una vez ahí, los cuatro tienen una cena que se torna extraña e incómoda conforme avanza, y que va llevando al espectador a cuestionarse si lo que está viendo es real o fantasía. Paralelo a estos a acontecimientos, observamos al conserje de una escuela (Guy Boyd) vivir sus rutinas: Limpia pasillos, toma sus alimentos, ve películas en su tiempo libre. Eventualmente, la cina nos llevará al momento en que la existencia de este hombre converja con la de Jake y su novia.

Sí, la trama presentada es escueta y confusa. El director nos introduce a su interpretación de la novela de Iain Reid que lleva el mismo nombre, de la cual sólo tomó una base, para luego rellenarla con su creatividad y visión. Como él mismo dijo, “mis adaptaciones son más exitosas si me permito tomar el material y hacer que tenga sentido para mí”. Entonces entramos a un universo Kaufmanesco, como aquel que vivimos en Synecdoche, New York y Anomalisa: Hay que ir desentrañando qué es lo que la voz en off nos está develando. La novia de Jake piensa constantemente en terminarlo, parece explicarnos que no le ve futuro a la relación; de hecho, siente que sólo está presente en la vida de él para “reconocerlo”.

Jake, por su parte, parece no ser consciente de a quién tiene al lado: La llama Lucy, Louise, Luisa, incluso una vez la nombra Ames. ¿Es ella pintora? ¿física? ¿poeta? No lo sabemos, parece ser todo a la vez. Los padres de nuestro protagonista poseen la misma característica cambiante, su presencia nunca es estática. Si bien al principio de la cena los observamos siendo adultos agradables y un tanto tímidos, durante la misma sufren una cantidad incontable de transformaciones que se encargarán de contarnos la historia de Jake, mucho de su infancia y la manera en que creció.

Y esa es justo otra de las características más representativas (y bellas, en mi opinión) de Pienso en el final: La cantidad de referencias que existen dentro de la cinta. Jake creció siendo introvertido y solitario, creando su personalidad a partir de todo lo que observaba y leía. Es así como vemos mencionados poemas de William Wordsworth y Eva H. D., en sus estantes hay un libro de Pauline Kael, descubrimos posteriormente pinturas de Ralph Albert Blakelock y, por supuesto, el teatro musical se hace presente en reiteradas ocasiones a través de Oklahoma!. Está claro que el protagonista se ve reflejado en el personaje principal de esta obra, llamado Jud, quien era un joven marginado que no consigue quedarse con el amor de su vida, por lo que la veremos repetirse en varias escenas, haciendo honor a lo mucho que significa para él.

Todo este contenido, complejo y creativo, que nos presenta la trama, se ve perfectamente complementado por la espectacular cinematografía de Łukasz Żal (Loving Vincent, Cold war), que se vale de tapices con patrones infinitos, de una suave caída de nieve que se transforma en una agresiva ventisca y de una granja que con sus cambios de iluminación le genera al público ansiedad y sobrecogimiento. Por otro lado, el compositor Jay Wadley (Olympic dreams, The OA) se luce con un score que le da profundidad al enredado contexto, además de crear un pegajoso jingle que homenajea a los comerciales de nuestra infancia (y a Dairy Queen), y una pieza de ballet que se convierte en ícono y clímax de la película.

Lo que hay en nuestros sótanos es desconocido, desconcertante. Nos hace alejarnos de su puerta. Nos da miedo porque en el fondo sabemos que no se trata de fantasmas: En ése lugar recóndito están guardadas nuestras expectativas no cumplidas, las decepciones, la aplastante realidad, esa que nos cuenta que quizás no somos el héroe del filme, quizá sólo nos toque ser un cerdo al que los gusanos le están devorando las tripas vivo. El peligro (y privilegio) para el espectador es que Kaufman ha dejado en manos de nuestra mente (con su filo e infinidad) la interpretación de Pienso en el final y su final… afirmó que apoyará cualquiera que ésta sea.

Avance de Pienso en el final

Ale Vega
Intenseo con las cosas que me gustan y el cine es de las que más, así nacieron mis ganas de escribir acerca de buenas películas.