miércoles, septiembre 22, 2021
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Tan solo he pasado 25 años perfeccionando el arte de ser un remedo de escritora. Perdidamente enamorada del cine y la televisión, si no tengo un lápiz en la mano seguramente estoy twitteando opiniones poco populares.

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Lina de Lima: la lucha por pertenecer a donde ya no se te necesita

Estrenada durante el Festival Internacional de Cine de Toronto, “Lina de Lima” es la ópera prima de ficción de la directora y escritora chilena María Paz González. Tras su estreno en plataformas de streaming extranjeras, la película formará parte de la serie Perspectivas de MUBI Latinoamérica desde el 23 de agosto.

He escuchado a algunos conocidos afirmar que este año no ha sido más que un “episodio de relleno en la vida” por la velocidad en la que ha transcurrido, especialmente comparado con el pasado en el que la pandemia obligó al cierre de la mayoría de las actividades económicas y confinó en sus hogares a aquellos lo suficientemente privilegiados para trabajar desde casa. Quizás esa es la razón por la que esa noche del 28 de febrero, aquella en la que Chloe Zhao se convirtió en la ganadora del Globo de Oro a Mejor Director por Nomadland (2020), se siente tan lejana. Durante su discurso, la directora china hizo referencia a la razón por la que decidió convertirse en una autora cinematográfica: la compasión.

“Esa es la razón por la que me enamoré de hacer películas y contar historias – porque ellas nos dan una oportunidad para reír y llorar juntos, y también porque nos permiten conocernos mutuamente y sentir más compasión por el otro.”

Quise rescatar este fragmento en particular puesto que, a nivel personal, considero que el cine se ha convertido en un elemento fundamental para nuestro entendimiento de todas esas historias que no experimentamos en carne propia por nuestras diferencias culturales, socioeconómicas, religiosas y políticas. No obstante, esto no implica que la perspectiva con la que se narran cada una de estas historias esté exenta de subjetividad, por lo que un mismo suceso puede tener diferentes ángulos dependiendo de la visión de su realizador – independientemente del enfoque dominante.

Para las historias de migrantes, aquellas que muestran las travesías de personas que se ven desplazadas de sus lugares de origen por diversas situaciones, pareciera que la narrativa dominante en el cine, tanto latinoamericano como de otras latitudes, es aquella en la que el inmigrante – usualmente proveniente de un país pobre en crisis – no es acogido de la manera en que esperaba en ese nuevo país que pretende convertir en hogar, esperanzado por las posibilidades de una mejor vida. Usualmente, el protagonista sufre por las barreras que encuentra en el lugar, desde las dificultades para comunicarse con otros al no compartir el lenguaje hasta el temor a la deportación por una situación legal, pasando por ese sentimiento de desolación ante la pérdida de su identidad cultural para asimilar la de una sociedad que le es completamente desconocida y le desdeña.

Este es el motivo por el que Lina de Lima, el primer largometraje de ficción de la directora y guionista chilena María Paz González (Hija, 2012), se siente como una divertida y refrescante propuesta dentro de las historias de migrantes ya el principal conflicto de nuestra protagonista no se centra en encontrar su lugar dentro de ese nuevo país. Para bien o para mal, ella ya lo tiene por los años que lleva viviendo lejos de la tierra que la vio nacer. En lugar de eso, González se encuentra más interesada por explorar la complejidad emocional de una treintañera solitaria y deseosa de vivir experiencias que podría haber perdido años atrás, incluyendo esa necesidad de pertenecer a un lugar que ya no la necesita más.

Lina (Magaly Solier) dejó su natal Lima, Perú hace ya una década con la esperanza de encontrar un trabajo que le permitiese dar una mejor vida a su hijo Junior (James González). Con tan solo 35 años, Lina se considera aún lo suficientemente joven como para tener una relación cercana con Clara (Emilia Ossadon) – la hija de la acomodada familia chilena para la que trabaja como ama de llaves – y atractiva como para salir a buscar parejas casuales en esas noches en las que va a divertirse. Pocos días antes de su viaje anual a su ciudad de origen, Lina se percata de que Junior ya no la necesita y que su familia ha creado una vida en la que ella ya no es indispensable, por lo que la mujer inicia a contemplar la idea de explorar su nueva ciudad como una Lina sin ataduras.

Lina de Lima es descrita por su realizadora como una dramedy, un género en el que las líneas divisorias entre la comedia y el drama se desvanecen para crear una sensación de mayor realismo en el entorno en el que se desarrolla. La cinta logra de manera efectiva ese cometido al contrastar la preocupación de Lina por sus familiares lejanos y su soledad con divertidas anécdotas derivadas de su extrovertida personalidad y su convivencia con todos esos personajes con los que se topa, ya sea porque son una constante en su vida o son un encuentro casual para satisfacer sus deseos.

Lo que convierte a Lina de Lima es una experiencia completamente inesperada es la incorporación de extravagantes, pero sumamente íntimos, números musicales con los que González da voz a todos esos pensamientos que Lina no encuentra las palabras correctas para manifestar o simplemente decide reservarse para sí misma. Cada una de las canciones, escritas por González y Solier, tiene una personalidad dominante en donde se celebran los ritmos latinoamericanos y la identidad peruana, incluyendo letras en quechua.

Otro aspecto destacable de Lina de Lima es su cinematografía, en la que los planos abiertos predominan como recurso ideal para mostrar lo pequeña que es Lina dentro del mundo que lo rodea, pese a su avasalladora personalidad y sus intentos para ser el centro del mundo para sus seres queridos más allá de la distancia física que los separa. La fotografía de Benjamín Echazarreta trata con la misma elegancia la casona para la que trabaja Lina como las casas de empeño en las que Lina cambia productos por dólares para enviar a su familia. No obstante, su trabajo sobresale en cada uno de los números musicales, donde crea una identidad visual única para cada uno de sus escenarios fantasiosos.

No obstante, a pesar de que solamente tiene una duración de 83 minutos, la edición de la película carece de fluidez por lo que se siente un poco lenta en cuanto a su ritmo y las escenas se perciben desconectadas entre sí, especialmente en aquellas transiciones de la vida diaria de Lina a los números musicales.

Aún con sus pequeños desperfectos, el mayor mérito de Lina de Lima es su sincero intento de cambiar la narrativa convencional de migrantes al situar su historia en Chile, ese sur de América en el que poco se piensa al hablar de inmigración, y enfocarse en una protagonista que duda si es esa Lina de Lima de la que tanto hablan en su nuevo hogar, especialmente cuando todo eso que dejó en Lima continúa creciendo sin ella. González – de la misma manera en que describió Zhao en su discurso – muestra una increíble compasión a su Lina al no juzgar sus acciones, simplemente mostrándola como la persona que es hacia otros y con ella misma. Y perspectivas como éstas, independientemente de su grado de éxito, siguen siendo necesarias para que el cine continúe conectando personas con diferentes experiencias.

Avance de Lina de Lima

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