Hollywood: La vista al oxímoron del éxito

“La mayoría de las personas exitosas en Hollywood son un fracaso de seres humanos.”

– Marlon Brando

Jack Costello no está cómodo. Por órdenes de su jefe Ernest West, debe de ser “caballero de acompañamiento” de una de sus clientes más habitaules: Avis Amberg, esposa de Ace Amberg, dueño de la productora Ace Studios. Sin embargo, Costello tiene programado para ese mismo día una audición en un papel menor dentro de la misma productora. Ella le dice que no se preocupe: que se ocupe de complacerla, y al día siguiente tendrá su audición sin ningún problema. Jack confía.

Horas después, Avis se muestra sumisa a Jack quien, posicionada en cuatro, es penetrada por él. Ella goza el acto, mientras que Jack mezcla su creciente lívido con lo que ve en el piso posterior: una mesa donde cuatro figuras doradas se posan erectas. Son cuatro Óscares, los cuales observan el acontecimiento. Jack les devuelve la mirada, lleno de ilusiones por llegar a donde están ellos. Despega la vista y regresa a Avis.

Ryan Murphy, creador de series polémicas y de culto como Glee (2009-2015), American Horror Story (2011-), Scream Queens (2015-2016) y un largo etcétera, regresa a Netflix (The Politician [2019] como primer trabajo para la plataforma) con Hollywood: una tergiversada fantasía de siete episodios sobre Hollywood en plena Era Dorada a unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial.

La serie sigue los pasos de varios artistas que buscan su lugar en la prometedora y más poderosa industria cinematográfica del mundo: por un lado, hay actores, como el veterano de guerra Jack Costello (David Corenswet), la versión ficticia y alejada de la realidad de Roy Fitzgerald a.k.a la aún no súperestrella Rock Hudson (Jake Picking), la actriz afroamericana Camille Washington (Laura Harrier), y su rival Claire Wood (Samara Weaving). Por el otro, hay soñadores que buscan estar no enfrente, sino detrás de las cámaras, como el guionista afroamericano y abiertamente homosexual Archie Coleman (Jeremy Pope) y el director mitad-filipino Raymond Ainsley (Darren Criss). Sus caminos se verán cruzados con la llegada de Meg (antes Peg): la nueva súper produccción de Ace Studios sobre la actriz Peg Entwistle, quien en 1932 se arrojó desde el mítico letrero de Hollywoodland.

Los productos –ya sean filmes o series televisivas– que refieren al quehacer cinematográfico normalmente cumplen un mismo propósito: dar acceso al público a “lo inaccesible”, en este caso, al círculo íntimo de la farándula y producción de películas. Aquellos curiosos que deseen ver cómo se hace una película sin la necesidad de recurrir a libros teóricos sobre el tema, pueden ver estos trabajos como cátedra. En su mayoría son optimistas y pasivos, muestran un mundo perfecto, prácticamente un Monte Olimpo; pero Hollywood hace algo peculiar: reitera este optimismo pero remotamente lejano a la pasividad, sino que ataca todos los blancos posibles de esta industria: es la ventana del oxímoron exitoso.

La ventana del oxímoron exitoso juega con la cultura cinéfila del espectador. Adentra a este a la meca del cine hollywoodense con las apariciones ocasionales grandes figuras. De forma inmediata, además de Rock Hudson como personaje principal, también está Henry Wilson (Jim Parsons): el déspota productor y representante de actores que, en palabras del propio Ryan Murphy, es “el Harvey Weinstein gay”. Además, aparecen nombres pesados como George Cukor; Hattie McDaniel, la primera actriz afromaericana en ganar un Óscar; la legandaria Vivien Leigh, Noël Coward y Dorothy Arzner, pionera directora de Hollywood en los treintas; así como un esporádico cameo del músico Cole Porter, entre muchos más.

De la misma forma, Hollywood referencía de forma indirecta a otras producciones igualmente influyentes para la historia de esta industria. El personaje ficticio de Avis Amberg (Patti LuPone) y la reivindicada actriz real Anna May Wong (Michelle Krusiec) representan al sector olvidado por propio Hollywood, a pesar de brindar grandes aportes al mismo; justo como Billy Wilder lo representó en 1950 con Sunset Boulevard o Michel Hazanavicious en 2011 con la polémica cinta The Artist. Estos casos de renegación son la piedra angular para la representación que Murphy busca de la hipócrita toma de decisiones de parte de los estudios, una serie de elecciones que, por muy progresistas que se pinten, sigue ocurriendo.

El ventanal de la paradoja triunfante destaca por la precisión visual de una época perdida. De la misma forma en que lo realizó su homóloga contemporánea Once Upon a Time in… Hollywood (Tarantino, 2019), retrata en cada uno de los detalles más mínimos la anhelada y proclamada Época Dorada de Hollywood; no obstante, no cumple la misma función que el noveno filme de Quentin Tarantino. Mientras que esta apela a la nostalgia a través de una construcción cuasi perfecta del tiempo y espacio; Murphy hace lo opuesto. No le importa robar suspiros al espectador, sino que se atañe a la función precisa del tiempo al que refiere.

Mencionar los aspectos fundamentales del diseño de producción como el vestuario, los vehículos y la arquitectura sería caer en un reduccionismo de su grandeza; pues en realidad, además, lleva a cabo con eficacia la recreación del estilo cinematográfico imperante en la época: planos abiertos en su mayoría acompañados de pick-ups a cada uno de los rostros de los personajes; acertadas réplicas a los noticieros cinematográficos, al igual que el entendimiento pleno del modus operandi de la industria en ese periodo en específico. Hollywood es un trabajo fundamental para la comprensión de la eficaz operación de su producción después de la Segunda Guerra Mundial.

La rendija del disparate triufante busca en su primera mitad ilustrar a lujo de detalle la serie de perversiones y malicias que acontecen en el íntimo círculo de la meca artística hollywoodense. Orgías, redes de prostitución, acoso sexual; maquillaje desmedido de las vidas de las celebridades (véase Hail Caesar! [2016] de los hermanos Coen para profundizar en ello); racismo y homofobia son algunas de las claves para entender esta fétida industria.

Ataca de forma eficaz su doble cara con la deliberada mención del mantra sagrado de las productoras de la época: el Código Hays, un documento redactado por el republicano William H. Hays con el único propósito de regular lo permisible y lo no permisible en las producciones cinematográficas, el cual sería destrozado por la camada sesentera de directores del Nuevo Hollywood. Mientras que este reglamento prohíbe la representación de la trata de personas y el adulterio, son los propios integrantes del círculo de poder hollywoodense quienes practican y consumen dichas prácticas.

La abertura de la discordancia gloriosa, sin embargo, traiciona sus principios y toma caminos fáciles para desatar complicaciones narrativas. Personajes de dudosa calidad moral son reivindicados con el único fin de agilizar sus desarrollos, los cuales resultan inverosímiles; tales son los casos de Henry Wilson y de Ernest West (Dylan McDermott), una versión ficticia de Scotty Bowers, el padrote predilecto para complacer los apetitos sexuales de las celebridades más importantes de la época.

Esta desatadura provoca, además, una complacencia a los personajes que, irónicamente, vuelve a contradecir lo que ya hace. Sus motivos pueden ser entendibles, pues busca mostrar el turbio camino para llegar a lo anhelado; no obstante, la rapidez con la que acontecen estos cambios provoca un sobresalto al espectador. De un momento a otro los personajes piensan de forma completamente opuesta; al igual que, para satisfacer el desarrollo general de la narrativa, la serie olvida subtramas anteriormente presentadas, afectando sus motivaciones. Sin ánimos de detallar particularidades de la trama, el ejemplo más claro es el de Claire Wood, cuya discrepancia levanta la ceja de quien ve los siete capítulos.

El futuro respecto a esta serie es incierto, pues resultaría necesaria la producción de una segunda temporada que ate más hilos y explore el universo de Hollywood; pues de lo contrario, culmina como un buen recorrido a una poderosa industria, pero al mismo tiempo insuficiente, ya que los personajes, aunque contradictorios, dan para un mayor desarrollo. Curiosa la adjetivación con la que se refiere a Hollywood: está plagada de contradicciones, al igual que la industria, el tiempo que alude y a la vida misma pues, ¿cuándo esta ha sido coherente?

Avance subtitulado de Hollywood

C. Daniel Martinez
Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Escribe sobre cine en Playboy, Casa Negra y en su blog "El Blog Maraz". Hace un podcast semanal en Spotify llamado "Nosotros los Tetos". Antes cinéfilo, ahora cinéfago.