Reseña de ‘Nadie Sabrá Nunca’ en Netflix

Erradicar el machismo y las costumbres arcaicas en México ha sido una lucha constante que aún no cesa. Paso a paso, se va entendiendo entre los habitantes del país que esto no debe ser soportable, y se les enseña a las niñas y niños que la igualdad es sinónimo de justicia, para que crezcan aplicando lo aprendido. Sin embargo, en pleno 2020, todavía es complicado observar un cambio de pensamiento en los lugares más recónditos de nuestro territorio, que no cuentan con los mismos avances de las grandes urbes, y conservan un modelo tradicional de vida que continúa afectando y empobreciendo a esas comunidades.

Para entender la magnitud del problema y desmenuzar cuáles han sido las actitudes que han contaminado por años la mentalidad de miles de mexicanos, nos sirve revisar otras épocas a través del arte, y hoy tenemos la oportunidad de reflexionar a través de la película mexicana estrenada en 2018, Nadie sabrá nunca. Esta cinta nos muestra la historia de Lucía (Adriana Paz) una mujer de pueblo en la década de los 70´s que está casada con Rigoberto (Jorge Jiménez) y es madre de dos niños. Pasa sus días haciendo quehaceres, trabajando en su molino y escuchando radionovelas, afición que comparte con Braulio (Luciano Martínez), su hijo mayor, y que les sirve a ambos como distracción que deriva en ensoñaciones: ella sueña con esas historias de grandes romances y felicidad eterna; él con héroes del Western que se enfrentan a sus enemigos y logran hacer justicia. A sabiendas de que el pueblo se está estancando y no hay oportunidades de desarrollo para sus habitantes, Lucía busca mudarse a la Ciudad de México, pensando en los beneficios que esto traería al futuro de sus hijos. Sin embargo, convencer a su marido, quien está arraigado a su tierra y se resiste al cambio, será el obstáculo más difícil de superar.

La trama de Nadie Sabrá Nunca parece sencilla, incluso promisoria: Una mujer busca una vida próspera en la que su familia pueda crecer y mejorar. Desafortunadamente, esto no sólo es complicado por las ideas caducas de su marido y su familia política, también tiene que enfrentarse a la opresión generada por una comunidad acostumbrada a hacer solamente lo que conocen, sin chistar o buscar alternativas. Los pocos que deciden marcharse del lugar son aquellos valientes que le insisten a Lucía que no se conforme con la vida que tiene, y ella tristemente los ve partir, uno por uno, sintiéndose cada vez más abandonada y acorralada por su realidad. Su problema principal radica en que ha sido educada por las costumbres machistas, donde se ve con naturalidad que el hombre sea quien toma las decisiones y a quien se le tiene que tener contento sin importar nada más. Ella no deja de cuestionar el porqué de ese poder implícito que han tenido su padre y su marido desde siempre, pero sólo puede hacerlo calladamente, con comentarios disimulados entre sus conocidas, sabiendo que si lo expresara en voz alta sólo causaría peleas.

Y es ahí donde Lucía y su hijo eligen perderse en su imaginación, lo que nos lleva a uno de los aspectos más bonitos de la película: La posibilidad de elegir una realidad alterna en nuestras mentes, que nos saca de un lugar que parecía tenernos atrapados. Braulio es un enamorado de las películas, que puede ver a ratitos en la televisión que se encuentra en la tiendita, y se imagina a esos protagonistas fuertes y valientes haciéndose cargo de la pobreza y desolación en la que se encuentran él y su comunidad. Cuando su abuelo le cuenta cómo es el cine, al pequeño se le iluminan los ojos, soñando en ver un día esa pantalla enorme de la que le hablan y poder perderse en su luz y sus historias. Su madre, por su parte, escucha en el radio esas novelas que hablan de amores, pasión y encuentros llenos de dicha que ella ya no vive. Su esposo la ve como un mueble más de la casa, y no convive realmente con ella, sólo la ocupa, lo que hace que Lucía se pierda cada que le es posible dentro de su cabeza para encontrarse con un hombre imaginario, ese que le demostraría cariño infinito y le daría a ella y a sus hijos protección y felicidad.

Nadie Sabrá Nunca es una película que se vale de un contexto muy sencillo para elevarlo a una bella obra de cine mexicano. Además de tocar el tema de la tradicionalidad y el pensamiento acartonado, expresa bien la mentira social y política de esos años, complementando así el panorama plasmado por las cintas Las niñas bien (Alejandra Márquez, 2019) y Roma (Alfonso Cuarón, 2018), esta vez desde la perspectiva rural. Su director, Jesús Torres Torres, debuta en el género cinematográfico de la mano de Alejandro Cantú, quien funge como director de fotografía y hace un magnífico trabajo para encuadrar esta historia con paisajes hermosos y amplios planos, que cumplen con redondear un mensaje efectivo y potente: Somos las mujeres quienes tenemos que cambiar nuestra historia con valentía e inteligencia, porque nadie más lo hará por nosotras.

Avance de Nadie Sabrá Nunca

Ale Vega
Intenseo con las cosas que me gustan y el cine es de las que más, así nacieron mis ganas de escribir acerca de buenas películas.