Luc Besson – el conocido director francés de la cinta de culto de ciencia ficción pop, El Quinto Elemento (1997) – decidió iniciar un viaje a la ciudad de los mil planetas. Una estación espacial cosmopolita que reúne a todas las culturas desarrolladas del universo conocido. En medio del espacio exterior, dos agentes del gobierno federado, Valerian y Laureline, descifran en una misión, el extraño ataque a una civilización que ha sido destruida y que mantenía una idílica y armónica relación con la naturaleza de su planeta. Algunos humanos les habían llamado “salvajes”, pero se trataba de los habitantes del planeta Müll. Premisa argumental que prometía pasión.

Besson, responsable de la dirección y del guión, – junto a su esposa, encargada de una megaproducción de 170 millones de dólares, la cifra más alta para una cinta francesa independiente nunca antes gastada – despliega en efecto lo que él mismo denominó como “el reto más grande de su carrera”. Adaptado de los cómics creados por Pierre Christin y el dibujante Jean-Claude Mézières hace más de 40 años, la aventura espacial trata de hacer homenaje a la historieta de ciencia ficción, crear un espacio narrativo propio, atrapar al espectador con personajes nada conocidos y edificar un universo visual espectacular y alucinante. Un arriesgado viaje.

Es en este último objetivo donde Besson puso todo su ingenio junto al equipo de efectos especiales, logrando numerosas secuencias que pueden dejarlo a uno boquiabierto. La civilización del planeta Müll, la simpática actuación de baile de la cantante Rihanna en un papel secundario, el desaforado cruce por los numerosos ambientes de la estación Alfa y en especial, las secuencias innovadoras del “Big Market– una secuencia de acción entreverada de varias dimensiones virtuales – son simplemente apabullantes y vertiginosas. Aquí, la aventura de Besson parecía germinar.

Pero todo en Valerian son destellos, pequeñas chispas que nunca encienden la hoguera. El sobresaturado universo de Besson termina por edulcorarse visualmente y con decenas de personajes de diversas especies interestelares y de carácter bizarro e increíble que apenas logramos verlos unos minutos, si acaso segundos. Son apenas una insinuación de potenciales y maravillosas historias, que sólo provocan una mueca simpática, nostalgia por lo que jamás llega a suceder. La emoción se vislumbra a millones de años luz.

Quizá la más grave ausencia del Besson que conocíamos, es su pasión por pintar personajes y complicidades. Habíamos aprendido en Léon (1994) – “El Profesional” en su título en español –  que este director podía rodar secuencias que no costaban un millón de dólares por minuto, en viejos edificios de Nueva York, con sólo dos personajes que proyectaban una íntima, empática y apasionada conexión entre ellos y con el espectador. El firme personaje de Léon,  interpretado por Jean Reno que con miradas, silencios y dubitaciones nos mostraba la emergente emotividad y ternura de un asesino. Y Matilde, protagonizada por una Natalie Portman todavía niña, cuya sonrisa e interpretación, simplemente acababa por arrodillar al público con un personaje increíblemente adorable. Todo ello a pesar de una disparatada premisa argumental, que sin embargo, terminaba siendo creíble, vivible y por supuesto, apasionada.

¿Y qué decir del trabajo del director en El Quinto Elemento? Donde pudo replicar un equipo de aventuras entrañable como se acostumbra en estos casos y que es signo de éxito comercial (Star Wars -1977-, Guardians of the Galaxy, 2014, 2017). Donde además de los arquetipos de cada personaje tradicionales (el duro, la bella, el amigo, el sabio, el líder), es la interacción y química entre todos ellos lo que nos hace tomar partido e identificarnos con el grupo de aventuras. Así, el monje nervioso y despistado de El Quinto Elemento interpretado por Ian Holm, el hilarante Chris Tucker con gritos chillones enfundado en mallas aleopardadas, la bellísima Milla Jovovich y el siempre duro líder de acción Bruce Willis, hacen chispas, a pesar de un argumento con tintes rosas – El quinto elemento es el amor – una mala actuación como nos tiene acostumbrado Jovovich y el encasillado Willis, que a pesar de todo, los sentimos profundamente enamorados y curiosamente, divertidos.

Personajes sólidos o equipos entrañables están ausentes en Valerian y la Ciudad de los Mil Planetas. Clive Owen es desperdiciado en un patético papel de villano; Rihanna sale de escena cuando comenzabas a encariñarte con el personaje.  En especial Dane DeHann (Valerian) y Cara Delevingne (Laureline) al cargar solos con todo el peso de la película necesitaban de una complicidad, romanticismo y emocionalidad que están perdidos en algún lugar de la ciudad de los mil planetas. Los protagonistas, más que soldados de elite espacial, con una fuerte relación pasional, semejan dos adolescentes arrogantes con dudosas habilidades en medio de un espectacular pero vacío artificio estelar, sin tensión dramática alguna, ya que el guión y su estructura no sólo es simple y olvidable sino forzado y repetitivo.

Besson, se atrevió a iniciar un arriesgado y costoso viaje, el cual nos ha llevado a un lugar sin límites para la imaginación, que termina por asfixiar toda la historia. Besson inició un largo viaje a una ciudad de mil planetas, pero sólo logró llevarnos a un frío universo. A un mundo que pudo llegar a ser. A un lugar sin pasión.

Avance subtitulado de Valerian

Cortesía de la revista Chido BUAP 152
Escrito por César Enrique Pineda