La carrera está desatada. Como si se tratase de una nueva competencia por ver quién llega primero a la luna, dos de las superpotencias que definen la geopolítica del entretenimiento global están embarcadas en una lucha sin cuartel por el primer lugar en las taquillas mundiales.

Marvel Comics y DC Comics han poblado la cartelera comercial de los últimos años, con decenas de películas inspiradas en superhéroes provenientes de las historietas, redefiniendo el panorama de la industria de los últimos diez años. Cada vez más vastos, cada vez más complejos, sus universos cinematográficos van incorporando nuevos personajes, nuevas ramificaciones, todo lo que sigue pareciendo el negocio del siglo. La última célula anexada a este gigantesco sistema, en este caso bajo el alero de DC, es La Mujer Maravilla (Wonder Woman), película recientemente estrenada en salas locales, que no solo viene a pavimentar el camino para la aparición de La Liga de la Justicia en el futuro próximo (este 2017), sino que se propone también redefinir el lugar de las heroínas al interior del sistema cinematográfico actual, rasgo por el que la película ha obtenido amplia resonancia desde su presentación en sociedad.

Puede parecer tentador afirmar que más allá de sus méritos y falencias en términos puramente cinematográficos, solo el hecho de presentar personajes femeninos autovalentes y capaces de generar identificación harían de esta una película satisfactoria. Como no resignamos la necesidad de discutirle a un film sus condiciones elementales de presentación, intentaremos hacer valer estos factores con igual significancia que aquellos que se escapan fuera del reino del cine hacia la cultura popular.

La película se enmarca en un modelo de producción que obliga a las franquicias a mostrar los orígenes de sus personajes en formato de larga duración. En este sentido, La Mujer Maravilla responde a ese objetivo específico, introducir de manera amplia al personaje que conocimos en la anterior entrega de DC, Batman v Superman (Zack Snyder, 2016). Así es como conocemos el lugar de nacimiento de Diana (Gal Gadot), hija de la reina de las Amazonas, fieras guerreras creadas por el dios Zeus para preservar la paz entre los mortales. La reina Hipólita (Connie Nielsen) le ha ocultado los detalles de su destino desde que nació, pero cuando un piloto se estrella en las costas de su isla secreta, llevando consigo los problemas de un mundo exterior enmarcado en la Primera Guerra Mundial, Diana deberá comenzar el camino que la llevará a cumplir con lo que Zeus ha deparado para ella.

El piloto estrellado es el Capitán Steve Trevor (Chris Pine), espía del ejército británico que huía de las fuerzas alemanas en las que se había infiltrado, con noticias de una terrible arma que podría acabar con miles de vidas inocentes en un instante. Ante el temor de que se cumpla la profecía del regreso del malvado dios Ares, lo que explicaría el ánimo bélico que inunda al mundo, Diana siente entonces la razón de su existencia, y decide acompañar a Steve de vuelta a la civilización, para cometer el mandato divino de las Amazonas sobre la tierra. Junto a un grupo de especialistas coordinados por Steve, se introducen tras líneas enemigas para intentar detener el arma secreta creada por científicos alemanes, a la vez que intentan descubrir si detrás de todo esto está la ambición titánica de un dios maligno.

Vista así, y más allá de la traducción del cómic original a la pantalla grande, la propuesta gira en torno a estos contrastes, los que también permiten medir los altos y bajos de sus resultados. El punto de partida de la película ofrecía un terreno fértil, ya que en su primera aparición veíamos a una Mujer Maravilla de carácter fuerte y decidido, y plantearse la construcción de ese personaje podía levantar preguntas interesantes. Pero al mismo tiempo, el pie forzado de tener que darles contexto extendido a los personajes pilares del universo-cómic, también funciona como camisa de fuerza para un armado que a ratos se siente muy apresurado, sin tiempo para respiros, consciente de que el rival le lleva años de ventaja. Un ejemplo que funciona para ambas vertientes tiene que ver con el mencionado choque entre el mundo mítico y otro más terrenal, donde, por un lado, es atractiva la oposición entre la inocencia de la joven Diana y una realidad consumida por los pesares de la guerra, ya que mientras ella más conoce nuestro mundo, más crecen sus dudas sobre si vale la pena salvarlo. Pero, por otra parte, la inmersión de un ser mitológico en el contexto de la Primera Guerra Mundial podría haber tenido mejores rendimientos si es que la historia no tuviese que avanzar al galope. Sin caer en lo inverosímil, los vaivenes de la trama no parecen tener oposición alguna, y no hay trinchera física o interna que al menos reduzca la velocidad de la progresión dramática. Los personajes secundarios, que tienen escaso desarrollo y apenas se alcanza a percibir su relevancia, a los que se agregan enemigos que hemos visto un centenar de veces, terminan por restar más que sumar a la integridad del filme.

A la vez, da la sensación que de tanto seguir el camino trazado por Marvel, se hubiesen adquirido aquí algunos de sus peores vicios, siendo el más elocuente la necesidad de terminar en gran número de escenas con un chiste simple, como si el público objetivo no fuese capaz de superar el tono humorístico superficial. Por su parte, la dimensión visual brilla con luces propias, y aunque a ratos abuse de la cámara lenta, el código de acción está ejecutado con gran versatilidad, con batallas de gran factura, planos secuencias bien logrados, destacando en todos aquellos elementos que tanto demandan hoy las audiencias en términos de efectos visuales para las películas de este tipo.

Más claro imposible. Muchas pequeñas buscan una heroína que las represente.

Como anunciábamos al inicio, una discusión innegable, tanto por texto como por contexto, tiene que ver con la centralidad del personaje femenino y el valor de su puesta en imagen. Mucho se ha hablado sobre la importancia de tener en el cine más masivo que existe a mujeres que no respondan al clásico doble estándar de damiselas en peligro en necesidad de rescate, u objetos de deseo sobre-sexualizados. En tal horizonte, La Mujer Maravilla es un aporte tanto dentro como fuera de la pantalla. Jenkins y Gadot serán, desde la dirección y la actuación, modelos a seguir, particularmente en los segmentos más jóvenes de la sociedad, para un mundo donde la mujer no esté relegada automáticamente a un rol secundario.

No obstante el valor del punto anterior, no hay que descuidar otra faceta de la discusión, la que tiene que ver exclusivamente con el contenido del discurso cinematográfico y su relevancia. Porque si llevamos la pregunta por el feminismo a la puesta en escena de la película, habría que decir que este no sobrepasa el comentario anecdótico, donde a ratos Diana reclama por los derechos laborales de la mujer o relativiza la importancia masculina en la obtención del placer sexual. Pero ninguno de estos elementos trasciende en la trama y son más bien ornamentales. Es más, muchos de sus procesos de reconocimiento, incluso la voz que da sentido y propósito a su existencia proviene de un “hombre”. Es verdad, ya no es sólo objeto de consumo visual masculino, pero todavía no se configura completamente como sujeto de discurso. Si concordamos que el mensaje que entrega una película es tan o más relevante que la imagen que de ella se desprende en su exposición mediática, podemos decir que a pesar de los avances que Mujer Maravilla pueda ofrecer en términos de igualdad de género, aún falta para que esta sea plena, al menos desde el cine.

Avance Subtitulado de La Mujer Maravilla

Dirección: Patty Jenkins. Guión: Allan Heinberg. Fotografía: Matthew Jensen. Montaje: Martin Walsh. Música: Rupert Gregson-Williams. Reparto: Gal Gadot, Chris Pine, Robin Wright, Lucy Davis, Danny Huston, Elena Anaya, David Thewlis, Connie Nielsen. Duración: 141 min.

Cortesía de la revista Chido BUAP 151
Escrito por José Parra